La banalización de la privacidad

dip360Antes de vivir en grandes ciudades, la privacidad no se valoraba. En la antigüedad las pequeñas comunidades convivían en grupo, sin barreras físicas, y bajo el  concepto de tribu se vivía con cotidianidad la visibilidad de acciones y ritos que hoy se consideran íntimos y privados. Igualmente que antes en los pueblos, donde la convivencia era más estrecha, la circulación de la información personal no tenía la trascendencia que se confirió después, todo el mundo sabía de todos.

La privacidad tal y como la entendemos es un invento urbano y contemporáneo.  Se pasa a la sacralización de un concepto que hoy día se está destruyendo sistemáticamente.

La sociedad contemporánea provoca un debate constante acerca de dónde situar los límites de la información que es de interés público frente a la vida privada y la esfera estrictamente personal. Pero frente a este debate surge un cambio de paradigma, se desdibujan los perímetros de la esfera personal, y ha desaparecido el pudor por contar. Es la banalización de la privacidad.

Las nuevas generaciones han nacido inmersas en una sociedad hiperconectada en la que la visibilidad de sus acciones, de su vida social, sentimental… es pública por voluntad propia, y no se concibe esa exposición como pérdida o drama. Se vive en un exhibicionismo natural, continuo y omnipresente de todas las facetas de la vida, sin dejar cabida al pudor.


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Y por el otro lado, el receptor de esa información es cada vez mayor  y consume  sin cesar, lo que  obliga a ese modelo a suministrar contenidos ininterrumpidamente  y a estar permanentemente conectados para no perderse nada. Se vive  con auténtica dependencia del  smartphone, que más allá de los contactos, agenda o GPs, APPs que puedan facilitarnos el día a día, se establece una relación tan vinculante que surgen así nuevas patologías como los FOMO (Fear Of Missing Out) y se provoca la paradoja de volcarse en un dispositivo para relacionarse a través de RRSS virtuales mientras se aíslan del propio entorno.

Es una era donde no se concibe la soledad, la introspección o el no compartir, se ha caído en una suerte de pérdida del individualismo: hay que formar parte de grupos, chats, webs… para dejar constancia de una presencia cibernética, porque sin esa huella, lo que no se exhibe, no  se cuenta, o no  se comparte no consta, no existe y es equivalente a no haberlo hecho.

Surge una nueva forma de  vanidad a través del feedback de los consumidores a esa realidad falseada que es controlada por unas personalidades virtuales idealizadas por su popularidad  a golpe de likes, con poder para dirigir tendencias de consumo  y condicionar las corrientes de pensamiento, y desde ahí  encumbrar o demonizar con 140 caracteres o una foto que millones de clicks no van a cuestionar. Da bastante miedo.

Alia Serrano

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